¿Qué motiva el dolor por la muerte?

¿Qué motiva el dolor por la muerte?

Si hay algo que delate a una buena película, es su capacidad para conseguir que el espectador reflexione, su intención de plantear unos dilemas que sigan rondando la mente de este incluso una vez aparecido el icónico “The End”. Este fin de semana, en mi afán por descubrir clásicos contemporáneos, tuve la oportunidad de ver “Cocoon” de 1985. Para quien no la haya visto, tengo que decir que es una buena película, sin demasiadas pretensiones de grandeza, que cumple su principal propósito que no es otro que entretener. En ningún momento intenta inspirar razonamiento alguno, ni alterar la conciencia de quienes la visionen, ciñéndose a la sentimental e inocente moraleja tan gastada de la fuerza de la amistad, incidiendo en que la vejez no es obstáculo para ser feliz si se mantiene el espíritu joven.

 
Si tenéis intención de verla, os recomendaría no continuar leyendo este artículo, ya que para explicar la motivación de escribirlo, tengo que contar el desenlace de la historia. Aún así, intentaré dar los menores detalles posibles, relatar lo estrictamente necesario para comprender mi argumentación. Un grupo de ancianos de una costera residencia conocen a unos extraterrestres que llegan a la tierra para cumplir una misión. Descubren que gracias a estos visitantes, se vuelven a sentir jóvenes, enérgicos y vigorosos, una sensación maravillosa que hacía décadas que no vivían. Hacen buenas migas y los alienígenas les proponen regresar con ellos a su planeta, donde vivirán eternamente siendo jóvenes y felices. Tras debates y discusiones que rellenan la película, la mayoría de abuelos deciden aceptar, conscientes de que la vida que les espera en su planeta sería corta y delicada. En la escena final, extraterrestres y ancianos huyen de la policía en un barco, cuando de repente aparece una gran nave espacial que llena la zona de niebla, impidiendo que nadie pueda ver lo que allí va a suceder, abduce la embarcación y desaparece. En la siguiente toma, se encuentran los familiares de todos los desaparecidos y compañeros del asilo, en un peculiar funeral en la playa, lo que parece ser un sacerdote -si bien no por la vestimenta, si por la manera de hablar y la biblia que porta-, dedica unas palabras por la pérdida, creyendo que el barco ha naufragado y han fallecido ahogados. Todos lloran desconsolados por la pérdida excepto un niño, el nieto de uno de ellos, conocedor del verdadero destino de su abuelo y del resto de ancianos, que sonríe felizmente mientras mira al infinito del cielo. Consecuencia de esta última imagen, comencé a recapacitar sobre una duda que apareció, de repente, en mi cabeza.
 
Supongamos que lo sucedido en Cocoon es real, el niño, conocedor de que su abuelo viaja a un lugar en las estrellas, donde viviría por toda la eternidad sintiéndose joven y feliz, es el único en todo el velatorio que no sufre por la pérdida, aún sabiendo que este jamás regresará. Por otra parte, el resto de asistentes en su ignorancia, se lamentan angustiados. Deduzco, por las características del acto y por las palabras del pastor, clérigo, cura o cualquier otra figura religiosa que represente, que insta a los allí presentes a rezar una silenciosa oración y describe cómo los ancianos, cito textualmente, “han pasado a una vida muy superior, no a la que nosotros conocemos, sino a una permanente. Ahora nuestros amados hermanos tienen ya la eterna seguridad”, que practican el rito católico.
 
Este es uno de los dilemas que han despertado este texto, ¿no es la descripción del lugar al que se dirigen los protagonistas, idéntica en ambos casos? Tanto el niño como los adultos son conscientes, bien sea por conocer la verdad o por postura religiosa, que los desaparecidos pasarán el resto de la eternidad en un lugar mejor, un lugar que no conocen ni comprenden, un lugar del que no pueden regresar pero en el que vivirán para siempre sintiéndose felices, un lugar en el “cielo”. ¿Por qué entonces esa respuesta tan opuesta?
 
Dejemos ya de hablar de Cocoon y extrapolemos esta circunstancia a la vida real. La pérdida de una persona cercana, un familiar o un amigo, es siempre un triste acontecimiento. Si por algo surgieron las religiones, en el origen de nuestras primeras civilizaciones, fue para dar una explicación “razonable” a un misterio que desde que el hombre comenzó a ser un animal racional, nos contempla y nos desconcierta: ¿hay vida después de la muerte?
 
Si en algo coinciden la mayoría de los credos que han existido a lo largo de la historia de todas las culturas, es en la continuidad de la vida después de la muerte, ya sea con diferentes visiones del cielo o del infierno, según cristianismo, judaísmo e islamismo, donde van a parar nuestras almas una vez abandonado el cuerpo terrenal. Estas son sometidas a un juicio y determinado por nuestros hechos en vida, son destinadas al cielo o al infierno. O con la reencarnación, según budismo e hinduismo, donde el karma resultante de acciones pasadas decreta como consecuencia a estas la suerte futura. Si algo tiene que agradecer el ser humano a estas religiones, es el haber proporcionado un consuelo al fallecimiento, una razón por la que no sufrir ante un hecho tan natural como temido, ya que todas las sociedades han adoptado como propia la idea de que al morir, no se acababa nuestra existencia.
 
Entonces, ¿por qué en los ritos funerarios de todo el mundo siguen viéndose situaciones tan desoladoras? ¿No deberíamos sentirnos alegres al creer que la persona que se ha marchado, pasa a una vida mejor? Solo se me ocurren dos sentencias a esta cuestión. La primera es que en un recoveco de nuestra fe, tengamos la intuición, presunción o incluso el convencimiento, de que estas creencias puedan no ser legítimas, que sean necesitadas evasivas de una incontestable realidad, afligidos refugios para un dolor sin consuelo, o incluso, para los más escépticos, mitos infundados y arbitrarios incapaces de sustentarse. En estos supuestos, la angustia padecida vendría motivada por la certidumbre de que el difunto, salvo en nuestros recuerdos, haya desaparecido de forma perpetua y la pena provocada por tal coyuntura.
 
Y la segunda, es que sea una reacción estrictamente egoísta. Siento si, a priori, estas palabras pueden parecer impasibles o desafortunadas, pero no es esa mi intención. Parto de la premisa de que las personas que se confiesan religiosas, de cualquier doctrina, siempre que las dudas citadas en el párrafo anterior no hagan titubear su convicción, poseen la certeza de que la muerte es una transición a una vida superior. Así pues, sin existir motivos por los que compadecerse por quien se encuentra en un viaje espiritual hacia un destino mejor, la única conclusión que me queda por desvelar, es que el sufrimiento sea originado por la terrible sensación producida por saber que jamás podremos volver a disfrutar de la compañía o presencia de la persona fallecida.
 

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