Obsesión por el carril bici

Todos los zaragozanos somos conocedores de lo importante que es para nuestro Ayuntamiento el atiborrar todos y cada uno de nuestros barrios del famoso carril-bici. Reconozco que es una interesante inversión, que viste a la ciudad de cierto aire cosmopolita y proporciona a los ciudadanos un comportamiento cívico propio de otros países donde la bicicleta es un medio de transporte ejemplar y consolidado en sus principales urbes. 

Por otra parte, también queda muy bonito de cara a las próximas Elecciones Municipales el llenarse la boca vendiendo que gracias al actual equipo de gobierno, Zaragoza contará a final de año con 130 kilómetros de red ciclista, que sumado a los casi 40.000 abonados del servicio “bizi” se convierten en cifras anheladas por cualquier otra ciudad española. 

Pero estas decisiones conllevan unos daños colaterales, unas repercusiones propias de una actuación torpe y chapucera, más orientada al fin que al medio, de una ejecución arramblante, de una obsesión paralela a la implantación del tranvía, aunque de diferentes características y conclusiones. Ambas han sido concebidas con el reconocible propósito de despojar al centro de la ciudad de automóviles, con el convencimiento de que todos los ciudadanos nos lanzaríamos a utilizar nuestras bicicletas y el tranvía para desplazarnos, proyectadas con la ambición de convertir Zaragoza en una ciudad menos contaminada, menos congestionada, y por lo tanto, modelo. 

Pero nadie vaticinó conseguir el efecto opuesto, que con la supresión de los carriles eliminados en las arterias principales del tráfico de la ciudad para incrustar, bien el carril bici, bien las vías del tranvía, y teniendo en cuenta que los zaragozanos somos fieles conductores de costumbres fijas, ya sea por comodidad o porque nuestras circunstancias nos obligan a utilizar nuestros coches particulares, han convertido el centro de la ciudad en un lugar significativamente más complicado de transitar.

Un claro ejemplo de esta coyuntura es la calle Corona de Aragón, donde este mes se inauguró el último carril bici concebido por nuestro consistorio. Este carril conecta los tramos de la calle Franco y López y del Paseo Fernando el Católico, a través de una de las calles que alberga una mayor cantidad de trafico de toda la ciudad, ya que sirve de entrada a esta para los coches provenientes tanto de Vía Hispanidad-San Juan Bosco, como de la Avda.Navarra-Avda.Madrid. Además de conectar los barrios de Delicias, Universidad y San Francisco con la Avenida Tenor Fleta y Camino de Las Torres. 

Así pues la calle Corona de Aragón, que ya sufría congestiones importantes en horas puntas contando con tres carriles, pasa a disponer de dos. Es llamativo que la red de carril bici zaragozana esté llena de curiosos apaños para salvar diferentes obstáculos, ya sean breves cambios de calzada con el riesgo y perdida de tiempo que ello implica, estrecheces ridículas, arboles metidos en el propio trayecto o atravesar paradas de bus de forma temeraria, y justamente en Corona de Aragón hayan levantado un carril-bici, esto es apreciación personal, de los más amplios que podemos encontrar.

No soy yo el más indicado para proponer alternativas, pero si que me siento en la obligación de denunciar que si esta obra se hubiera realizado con mayor atención y responsabilidad en su planteamiento, se hubiera podido evitar toda esta problemática. Aún así se me ocurre, por ejemplo, que en lugar de prescindir de un carril de circulación en Corona de Aragón, hubiera sido más lógico suprimir uno de los dos lados destinados a estacionamiento y habilitar la calle Menendez-Pelayo, paralela y con una carga de tráfico muy inferior, en zona de aparcamiento libre, ya que cuenta con numerosas plazas, frecuentemente inutilizadas al ser zona amarilla, para compensar las plazas eliminadas. 

 
 
 

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