Nuestros idealistas gobernantes

Nuestros idealistas gobernantes
 
En la vida, por idealistas pasan las personas soñadoras, con aparente escaso sentido práctico de la realidad. Los mejor intencionados verían en ellos a gente risueña e inocua, que viven “en babia”, con nula competencia para poner en práctica sus ilusorios ideales, pero que si se empeñan en lograrlo, son peligrosos en conjunto. Otros, de índole más maliciosa, simplemente dirán que son imbéciles. Ciertos padres imbuidos de “sentido común” se ocuparan de apartar a sus hijos de la tentación idealista, prefiriendo que se ejerciten en un pragmatismo que les mantenga bien controlados. Eso sí, en ciertas edades y para hablar en público en caso de catástrofe internacional queda bien proclamar idealismo políticamente correcto, a golpe de talón o trasferencia bancaria, para aliviar la suerte de los desgraciados que sucumben a los designios de los ejecutores de la política internacional.
Así, un idealista que se ocupe de las relaciones internacionales será un utópico, dispuesto a luchar y sacrificarse por las causas pérdidas, que queda muy presentable en ciertos debates ideológicos pues sus palabras exaltadas sirven para enaltecer el sórdido lenguaje de la política actual. Cada partido, si fuera responsable, se cuidaría en conservar su idealista particular, al único que se le toleran las estupideces y extravagancias que se le ocurran, su presencia tranquiliza la conciencia de los votantes, convencidos de que su opción electoral es moralmente aceptable.
En las cortes medievales, renacentistas y barrocas regidas por el absolutismo eran tolerados como bufones y se les consentía que dijeran las verdades del barquero sin cortarles la cabeza.Por desgracia, en nuestro país no puede aplicarse dicho razonamiento, los idealistas, o “bufones”, campan por doquier en las estructuras y cargos de los partidos democráticamente principales, repartiéndose el pastel a su antojo mientras, con descaro e idealismo, nos prometen a los ingenuos ciudadanos que este año sí, que la situación va a mejorar, que se aprecian brotes verdes, que el empleo comienza a resurgir y que la crisis por fin remitirá. Pero la realidad es muy distinta, esas benévolas y fingidas garantías no hacen otra cosa que esconder sus falaces estrategias, convencidos de su avezada perpetuidad, un trono inexpugnable del que sólo los votantes defraudados podemos derrocarles, ¿seremos los suficientes?

 

 

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