Las cadenas de la sociedad

Las cadenas de la sociedad
 
En pleno siglo XXI, la sociedad se encuentra estancada en un punto muerto de avance, sometida a una serie de elementos que, como si de un grillete encadenado a una pesada losa se tratara, ralentiza su progreso natural. Las diferentes transformaciones sucedidas a lo largo de la historia de la humanidad, han colocado a esta en una posición privilegiada. La revolución francesa, industrial o tecnológica, períodos como la ilustración, el surgimiento de nuevas ideologías políticas, movimientos sociales como el feminismo o la lucha por los derechos humanos, o incluso las lamentables guerras mundiales, han supuesto, por unos motivos u otros, importantes puntos de inflexión que han determinado los valores y hábitos de la población actual.
 
Pero hay ciertos componentes que nos continúan aferrando al pasado, que no nos permiten evolucionar como sociedad ni divergir como culturas heterogéneas, que nos impiden desarrollarnos como individuos autónomos y peculiares, poseer unos comportamientos propios e independientes. Mi intención en esta entrada, aunque pueda parecer pretencioso, es evidenciar estas metafóricas losas que la humanidad tiene encadenadas al pie, y es que tengo la particular certeza de que una vez que logremos liberarnos de ellas, podremos por fin prosperar sin complejos, establecer un objetivo en el horizonte al que dirigirnos sin temor a lo que dejamos atrás.
 

Iglesia-Religión

Comenzaré hablando del que para mi es el eslabón más fuerte de esta cadena, la religión y la Iglesia. Dos conceptos diferentes pero relacionados, que intentaré tratar de forma autónoma, aunque su vinculación consiga que no se pueda mencionar uno sin pensar, inconscientemente, en el otro.
 
Desde que el mundo es mundo y los primitivos asentamientos de nuestros ancestros aparecieran, estos han sentido la necesidad de encontrar explicación a un sinfín de sucesos naturales que se escapaban a su obtuso conocimiento, como conocer qué era esa intensa luz que les observaba impasible en el cielo, o a donde se marchaban las personas que fallecian. A raíz de estas incertidumbres, comenzaron a surgir las primeras divinidades, seres difusos y cambiantes que ha proporcionado un consuelo y una razón a nuestra existencia. Entes benévolos a los que cantar en rituales para hicieran llover y así obtener buenas cosechas, o perversos a los que adorar, o incluso ofrecer sacrificios, para evitar su ira y que nuestros difuntos pudieran descansar en paz.
 
Es entonces cuando emergen las originarias órdenes religiosas, que posteriormente se convertirían en la Iglesia o equivalentes instituciones del resto de credos. Estos asentamientos evolucionaron en sociedades más definidas y avanzadas, dando paso a las primeras culturas e imperios, y en su constante necesidad de organización, apareció también la oportunidad de determinar una estructura y jerarquía que concediera un sentido a estas atávicas creencias. Aprovecharon así un espacio vacío para dictaminar, valiéndose de la ignorancia y precariedad de las gentes de aquellos tiempos, sus propias reglas. Ya no sólo implantaron los motivos que explicaban las cuestiones naturales antes citadas, entre otras muchas, además impusieron unos preceptos de comportamiento bajo las exigencias de sus dioses, amenazados los inocentes creyentes mediante castigos o penitencias eternas. Esta práctica es algo en lo que prácticamente todas las religiones de la historia han coincidido, siendo la consecución de unos intereses bajo coacción recurrente en todas.
 
Ahora viene la conclusión de esta premisa, la desmesurada influencia que tienen, a día de hoy, tanto la religión como la Iglesia en nuestra sociedad. La secularización, con las nuevas generaciones, es ya evidente. La Iglesia no ostenta el poder que el Estado le otorgaba antaño, esta lograba sus propósitos beneficiándose del miedo de la población, que por no violar los pilares religiosos, atendian obedientes a sus mandatos. Existen aun culturas que viven bajo el yugo de religiones fundamentalistas, las cuales condicionan por completo el patrón de comportamiento y las costumbres de muchos países, como los islámicos. Afortunadamente en España el carácter autoritario asumido de la Iglesia es residual, limitándose a concretos segmentos demográficos o geográficos, pero el Estado todavía no ha alcanzado su concepción ideal para avanzar en los tiempos modernos, el laicismo.
 
Con la Constitución de 1978, España se definió como un Estado aconfesional, manifestando esto en su artículo 16.3 que “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Estas relaciones de cooperación significan, por ejemplo, que en el año 2014 el Estado pague 160 millones de euros a la Iglesia Católica, además de disponer de numerosos beneficios fiscales y un patrimonio cultural y urbanístico a costa de los ciudadanos, creyentes o no, de valor incalculable.
 
Por otro lado, la asignatura de religión, actualmente, es de oferta obligatoria para los centros educativos. La Conferencia Episcopal solicitó que también lo fuera para bachillerato, enmienda que el Gobierno contempla y va a plantear. La nueva LOMCE, en palabras del portavoz de Educación del PP en la Cámara alta, Luis Peral, “se ajustará a lo establecido en el Acuerdo sobre Enseñanza y Asuntos Culturales suscrito entre la Santa Sede y el Estado español”. A esto hay que añadir, que por primera vez en 20 años, esta asignatura mediara para la nota final del alumno.
 
Creo que estos signos son más trascendentales que unas simples relaciones de cooperación, pudiendo inferir la vasta influencia que mantiene la Iglesia en el Estado, supeditando la educación de niños y jóvenes a sus valores, reprimiendo su desarrollo personal e individual.
 
Hay que reconocer que la Iglesia realiza una destacable labor humanitaria y solidaria, tanto en nuestro país como fuera de sus fronteras, pero una labor asociada a un símbolo, a una cruz que representa cientos de años de despotismo y unas creencias no compartidas por todas las personas, un obstaculo a la hora de colaborar, tanto como voluntarios como aportando donaciones económicas.
 

Monarquía

Otro vestigio histórico herencia del pasado, sin aporte valioso para la sociedad contemporánea, es la monarquía, que cual apéndice cecal, permanece simbólica y aletargada en la intemporalidad de su corona, sin más función práctica para el organismo que provocar apendicitis y siendo necesaria una operación quirúrgica para extirparlo.
 
Sobre el Rey, como Jefe del Estado y según la Constitución, recaen, entre otros, los poderes de ser símbolo de su unidad y permanencia y representante a nivel internacional. Mando supremo de las Fuerzas Armadas, no pudiendo ejercerse sin refrendo. Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley, no pudiendo autorizar indultos generales. Nombrar al Presidente del Gobierno, elegido por todos los españoles democráticamente. Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su presidente. Sancionar y promulgar las leyes, sin posibilidad de negarse, potestad que constituye un reflejo del poder legislativo que en otros momentos encarnaba el rey. Convocar y disolver las Cortes y convocar elecciones, según los términos previstos en la Constitución. Esta prerrogativa precisa el refrendo y propuesta del Presidente del Congreso. Convocar referéndum en los casos previstos en la Constitución, mediante propuesta del Presidente del Gobierno. O incluso le corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz.
 
Como habrás comprobado, todas estas funciones, o son emblemáticas, o requieren el consentimiento y supervisión de una institución o cargo político electo ajeno a Su Majestad, dejando al rey sin responsabilidad real. Aún así, a los españoles nos cuesta más de 50 millones de euros mantener la Casa Real. Por si esto no fuera suficiente para discutir el sentido de esta Institución, en los últimos años venimos presenciando continuos escándalos en el seno de la familia real, como la imputación de Iñaki Urdangarin por apoderarse de fondos públicos, con la supuesta complicidad de su esposa, la Infanta Cristina, o los del propio Rey Don Juan Carlos, que se rompió la cadera al practicar un safari en África, matando elefantes, viaje sufragado evidentemente por todos los ciudadanos, en un momento de acentuada crisis económica.
 

Tradiciones arcaicas

Aunque podría continuar nombrando elementos, que bajo mi juicio, suponen el aturdimiento del progreso social, finalizaré esta entrada con uno que particularmente considero patente, aunque no alcance la dimensión de los anteriores, las tradiciones arcaicas. Todas las culturas disponen de costumbres que perduran en el tiempo, costumbres que originariamente tenían un significado pero que hoy carecen de razón e incluso comprensión. Estas han sobrevivido como reflejo de una época ya olvidada. No sería capaz de enumerar y justificar todos los que me vienen a la cabeza en estos momentos, además muchos de ellos son de origen religioso y debería haberlas descrito párrafos atrás, pero entre todas ellas, la que mejor simboliza lo que quiero decir, son las corridas de toros.
 
Un espectáculo bárbaro que hunde sus raíces en la cultura grecolatina y romana, remontándose miles de años. La adoración a la divinidad del toro y su sacrificio derivó en lo que hoy es una fiesta y arte para algunos, y una intolerable crueldad para muchos, que evoca la lucha entre el hombre y la bestia en sospechosas iguales condiciones. Un tema controvertido y polémico que desencadena un debate candente entre los aficionados y los detractores, en el que algún día me posicionaré, si el mercado y la ley de la oferta y la demanda no acaban antes con él, depositando toda mi confianza en la sensibilidad de las próximas generaciones.
 
Posiblemente se me queden muchas ideas en el tintero, pero creo que por hoy es suficiente. Pronto volveré a dar mi opinión, para quien le interese, de los elementos que forman las cadenas de la sociedad, una carga pesada y difícil de liberar que constituyen el freno de nuestro avance, como la política clásica, la violencia, el machismo, el racismo, la telebasura, la picaresca, etc. con la esperanza de que unas pocas líneas, sirvan para contribuir a esta utópica causa.
 

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